Svetlana Artemieva, una elegante europea, rubia, alta, mira a Mariana Pinedo desde la tribuna. Observa, luego corrige. Su pequeña pupila de 13 años, su “segunda hija”, muestra sus primeras credenciales, y ella se conmueve.

Al final de la jornada, la gimnasta nacional se coronó como la gran sorpresa; y Svetlana, otrora seleccionada nacional de Bielorussia, y de la extinta Unión Soviética, comienza a recordar.

Empezaba la década del noventa y ella ya había decidido abandonar su dañada Minsk, la ciudad que hace sólo unos años antes sufrió el peor desastre nuclear del siglo pasado, Chernobyl.

“Recuerdo una lluvia muy fuerte”, dice, y sólo tiempo después supo que se trataba de una lluvia de radiación. “Vino un silencio total, fuimos los primeros en recibir el golpe de algo que se expandió por el mundo. Gracias a dios en mi familia no pasó nada, hasta ahora”, recuerda.

Todo lo cambió por llegar a Chile.

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Cuando tenía sólo unos años menos que Mariana hoy, la europea conoció el ballet.”Mi mamá a los siete años me llevó a una escuela que estaba al lado de mi casa. Pero sólo impartían clases desde los nueve”. Pero en ese lugar había un curso de gimnasia rítmica, y “simplemente me olvidé del ballet, y me enamoraba de esta disciplina cada vez más”.

En su sangre corría la gimnasia. Así lo demuestra su hijo, Alexander Artemev, medalla de Bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.

Ahora Svetlana entrena a las que podrían ser las nuevas figuras del deporte. Trata de inspirarlas para que sean mejores, así, quizás, llegan a sentir lo que siente ella por la disciplina artística, algo que “para mí es como el aire, no podría estar ningún momento sin el”.

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